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In Festo Sanctorum Innocentium Martyrum

Por Gregory DiPippo, para The New Liturgical Movement

En el misal de san Pío V, la fiesta de los Santos Inocentes se celebra con ornamentos violetas, en lugar del rojo usado en todas las demás fiestas de los mártires. También es la única fiesta en la que se omite el Gloria in excelsis, y con él, el Te Deum en el Oficio Divino; además, el Aleluya en la misa se reemplaza por un tracto, y se dice Benedicamus Domino en lugar de Ite, missa est, como en Adviento y Cuaresma. Esta costumbre está atestiguada en el siglo IX por Amalario de Metz, quien escribe en su tratado Sobre los Oficios Eclesiásticos, citando una rúbrica en su copia del Gradual, «El día transcurre, por así decirlo, en tristeza. El autor de esta misa desea que nos unamos a las almas de las devotas mujeres que velaron y lloraron la muerte de los Inocentes» (libro 1, 47). Atestigua también que la fiesta de los Inocentes se celebraba con octava, como también las de San Esteban, primer mártir, y San Juan Evangelista (libro 4, 37 in fine) (N.d.T.: Todas estas octavas fueron suprimidas en las reformas de Pío XII).

Hacia finales del siglo XII, el obispo Sicard de Cremona señala que, además, los ornamentos festivos, es decir, la dalmática y la tunicela, no se usaban en este día, y que estos signos de luto se observaban porque los Inocentes, muriendo antes de que la Resurrección de Cristo abriera las puertas del cielo, «descendieron al infierno» (es decir, al Limbo de los Padres), pero también «para representar la tristeza de las madres» (Mitrale 9.8). También dice (lo que Amalario no hace) que la fiesta no se celebraba con estos signos de luto si ocurría en domingo, «debido a su futura glorificación» en el cielo.

Escribiendo aproximadamente un siglo después, Guillermo Durando rechaza la idea de Sicard de que estas costumbres se refieren al descenso de los Inocentes al Limbo de los Padres, ya que si ese fuera el caso, lo mismo debería observarse con san Juan Bautista. Él está de acuerdo con Amalario, citando sus palabras muy fielmente, y luego explica que «los cánticos de alegría» (es decir, el Gloriael Te Deum y el Aleluya) se cantan si la fiesta cae en domingo, y siempre se cantan en su octava, «para significar la alegría que recibirán en el octavo día, es decir, en la resurrección. Aunque descendieron (al Limbo de los Padres), sin embargo se levantarán con nosotros en gloria; porque las octavas de las fiestas se celebran en memoria de la resurrección general, que significan». Esta es exactamente la costumbre prescrita por el misal de san Pío V y sus antecedentes medievales tardíos. Durando también conoce la costumbre «en muchas iglesias» de que no se usaran la dalmática y la tunicela, pero esto no es seguido por el misal tridentino (Rationale Divinorum Officiorum VII, 42, 11-12)

La Colecta de los Inocentes tradicionalmente dice así: «Oh Dios, cuya alabanza los Mártires Inocentes en este día confesaron, no hablando, sino muriendo, mortifica en nosotros todos los males de los vicios; para que nuestra vida también proclame en sus costumbres Tu fe, que nuestras lenguas profesan». La frase «mortifica en nosotros todos los males de los vicios (omnia in nobis vitiorum mala mortifica)», que ha sido eliminada en el Novus Ordo, se refiere a la interpretación tradicional de la última línea del Salmo 136 (137), en la que el salmista maldice a la «hija de Babilonia» que había enviado a los hijos de Israel al exilio: «Bendito sea el que tomará y estrellará a tus pequeños contra la roca». Por razones obvias, este pasaje fue utilizado por los críticos de la Iglesia primitiva como un ejemplo de comportamiento malvado supuestamente sancionado por la Biblia, como también por los herejes que rechazaban el Antiguo Testamento, como los marcionitas y los gnósticos.

El erudito bíblico del siglo III Orígenes, cuyo enorme corpus de interpretación de las Escrituras (hoy en su mayor parte perdido) se dedicó en gran medida a responder a tales críticos, explica el significado de este pasaje en un sentido espiritual de la siguiente manera.

Los pequeños de Babilonia (que significa «confusión») son esos pensamientos pecaminosos y molestos que surgen en el alma, y ​​quien los domina, por así decirlo, golpeando sus cabezas contra la firme y sólida fuerza de la razón y la verdad, es quien los estrella contra las piedras; y, por lo tanto, es verdaderamente bendito. Por lo tanto, Dios pudo haber ordenado a los hombres que destruyeran todos sus vicios por completo, incluso desde su nacimiento, sin haberles ordenado nada contrario a la enseñanza de Cristo. (Contra Celso, 7.22)

Esta explicación es aceptada y elaborada por varios de los Padres Latinos. San Hilario se refiere a los «vicios – vitia» ocho veces en su Tratado sobre este Salmo; también parece ser el primero en asociar la roca contra la cual los vicios se estrellan en su «infancia» con la roca que san Pablo dice que era Cristo (1 Corintios 10, 4). Le siguen en esto san Jerónimo en su Epístola 22, escrita a su hija espiritual Eustoquia, y san Agustín (Enarratio en Ps. 136). Hilario y Jerónimo en particular estaban bastante familiarizados con los Padres Griegos, y especialmente con el famoso Orígenes. Continuando esta tradición, san Gregorio Magno escribe en su Comentario a los Salmos Penitenciales: «Estrellamos a nuestros pequeños contra la roca, cuando mortificamos los impulsos ilícitos (o ‘pasiones’) a medida que surgen, dirigiendo la mente hacia la imitación de Cristo. Porque está escrito ‘Pero la roca era Cristo’».

Por supuesto, los niños que murieron en Belén a manos de los soldados del rey Herodes no representan nuestros vicios, y su muerte no representa la mortificación de nuestros vicios. El paralelismo entre el Salmo y el Evangelio radica en que, en ambos casos, Cristo trae redención y gloria a partir de un evento lleno de horror y tristeza, como lo hará más tarde con su propia muerte. En el Antiguo Testamento, esto se realiza solo de manera espiritual y alegórica; en el Nuevo Testamento, la historia de la Encarnación, se realiza en la misma carne en la que Cristo nace y muere como hombre, y que comparte con los demás hijos de Belén. La maldición del Salmo se convierte en una exhortación a la virtud; las palabras que la preceden, «bendito sea el que te pague lo que nos has pagado», se sustituyen por el mandato de Cristo: «Bendice a los que te maldicen». El asesinato de los Inocentes en Belén, un pecado que clama venganza al Cielo, los llevará a la gloria en el Cielo, después de que el asesinato de otro Inocente abra sus puertas y efectúe la redención de la raza humana.

Esta también puede ser la razón por la que el Rito Romano desarrolló la costumbre, que le es propia, de referirse a estos niños como «los Santos Inocentes», ya que no vivieron lo suficiente como para cometer ningún pecado, y nunca perdieron la inocencia que los adultos deben preservar o recuperar mediante la mortificación de los vicios. En otros ritos, se les conoce simplemente como «niños» o «infantes»». En la Epístola de su Misa, Apocalipsis 14, 1-5, san Juan Evangelista, cuya fiesta se celebra el día anterior, ve que «un Cordero (también un símbolo de la inocencia)) estaba de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían su nombre y el nombre de su Padre escritos en la frente… Estos fueron comprados de entre los hombres, primicias para Dios y para el Cordero; y en sus bocas no se halló mentira, pues son sin mancha delante del trono de Dios». Los autores medievales occidentales, al desconocer el verdadero tamaño de Belén en el momento del nacimiento de Cristo, a menudo asumieron, basándose en esta lectura, que su número debía ser de 144.000, pero la tradición bizantina dice que eran 14.000 (la población total de la ciudad hoy en día es de poco más de 25.000 habitantes).

Varios eruditos litúrgicos, incluyendo al P. Frederick Holweck, autor del artículo de la Enciclopedia Católica sobre los Santos Inocentes, han señalado que antes de la reforma de san Pío V, su fiesta se mantenía en el rango medio de «Semidoble» en el Uso de Roma, en lugar del rango más alto de Doble. Ninguno de ellos, hasta donde puedo decir, ha señalado que era la única fiesta Semidoble celebrada con una octava. Estos términos derivan de la costumbre de semidoblar las antífonas en el Oficio, es decir, no cantarlas completamente, sino solo entonarlas antes de cada salmo o cántico. Esto puede parecernos bastante extraño ahora, pero históricamente era mucho más común que la duplicación, que se convirtió en la norma hace menos de 70 años. Dado que tanto la duplicación como el mantenimiento de las octavas se reservaban tradicionalmente para las mayores solemnidades, esta anomalía también puede haber sido considerada como un signo de duelo.

Holweck también afirma, incorrectamente, que el Breviario pretridentino cantaba los himnos de Navidad en el Oficio de los Inocentes; de hecho, se utilizaban los himnos comunes de varios mártires. El breviario de san Pío V, extremadamente conservador en la mayoría de los aspectos, introdujo dos nuevos himnos propios para la festividad, estrofas del himno de la Epifanía del poeta Prudencio del siglo V; las tres primeras cantadas en Maitines y las otras dos en Laudes, para repetirse en Vísperas. Este último himno se hizo famoso gracias a una historia sobre san Felipe Neri. El santo vivió muchos años en la iglesia romana de San Girolamo della Carità, justo enfrente del Venerable Colegio Inglés, muchos de cuyos jóvenes estudiantes murieron como mártires en Inglaterra bajo el reinado de Isabel I. Por ello, san Felipe solía venerarlos con la primera línea del himno «Salvete, flores Martyrum!»

Salvete flores martyrum, / Quos lucis ipso in limine / Christi insecutor sustulit, / Ceu turbo nascentes rosas.
Salve, flores de los mártires, / que en el mismo umbral de la vida fuisteis / arrebatados por el perseguidor de Cristo, / cual rosas nacientes por un huracán.

Vos prima Christi victima, / Grex immolatorum tener, / Aram sub ipsam simplices / Palma et coronis luditis.
Vosotros primeras víctimas de Cristo, / tiernos corderos inmolados, / ante su mismo altar, inocentes / juegan con sus palmas y coronas.

Jesu, tibi sit gloria, / Qui natus es de Virgine, / Cum Patre et almo Spiritu, / In sempiterna saecula. Amén.
Jesús, a ti sea dada la gloria / que naciste de una Virgen; / con el Padre y el vivificador Espíritu / por los siglos inextinguibles. Así sea.

Es una tradición romana velar la imagen del Divino Niño en la fiesta de los Santos Inocentes, para esconderlo de la ira de Herodes.
https://www.newliturgicalmovement.org/2025/12/liturgical-notes-on-feast-of-holy.html
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